La cerradura chasqueó y provocó más ruido del que ella hubiera deseado. las baldosas estaban frías y la estancia completamente oscura. Cuando abrió la puerta y la luz de la luna penetró en la habitación, vislumbró algunos botes de conservas, unas longanizas colgadas del techo y varias hortalizas. Entró cautelosa y rebuscó un poco más entre las estanterías, palpando cada cosa.
Encontró una botella de leche y la abrió con la fuerzxa que caracteriza a una sedienta al encontrar un poco de líquido. Le dio al animalillo un poco y luego cogió un trozo de pan duro que había por el suelo. Estaba de espaldas a la puerta y comía enfebrecida el mendrugo cuando oyó un ruido y se volvió rápidamente y con los ojos brillantes hacia la puerta. Allí, en el umbral, la silueta de un hombre que parecía mirarla ocupaba todo el espacio por donde habúia dejado de entrar la luz. Los recuerdos acudieron a su mente como un torbellino inacabable. No gritó, pero el miedo le invadió por dentro como aquella vez. Se levantó despacio y se preparó para huir. Aunque no sabía cómo iba a hacerlo con aquel hombre en la puerta. Ni siquiera sabía si éste sabía que ella estaba allí. Nadie dijo nada por unos instantes.
-¡¿Quién anda ahí?!- tronó finalmente el hombre.
No podía no haberla visto, había poca luz pero no tanto. Se escondió pues con la esperanza de que continuara sin verla detrás de una estantería. El hombre entró en la habitación y el corazón de ella empezó a latir fuertemente. No aguantaba más aquella tensión. Se preguntó cuánta fuerza necesitaría para derribarle. Contaba además con el factor sorpresa, de manera que se puso en cuclillas y salió corriendo de su escondite. Empujó al hombre con tanta fuerza que éste cayó al suelo. Cuando fue a salir por la puerta, la joven se volvió y descubrió en el rostro de aquel hombre los rasgos de alguien que había perdido la vista hace ya tiempo y no pudo evitar detenerse.
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