-¿Qué es lo que pasa?- preguntó el señor Lumier con voz ronca desde la cama.
-Llaman- contestó ella solamente
Bajó las escaleras que protestaron con su peso y se acercó a la puerta.
-¿Quién es?- dijo cautelosa.
No hubo respuesta. La oscura puerta de roble no tenía mirilla. Tenía dos opciones: abrir, o no hacerlo, y la curiosidad pudo con ella. Abrió lentamente.
La recibió un soplo de aire de verano. La noche, con pocas estrellas, mostraba un paisaje tenebroso, iluminado tan solo por la luna llena. Sin embargo, el umbral de la puerta estaba desierto. Abrió completamente la puerta y el aire cálido le revolvió el despeinado cabello. Se asomó, pero tampoco había nadie en el porche, así que extrañada, cerró la puerta, apagó las luces y regresó a la cama acostándose intranquila.
Fuera, de entre la oscuridad de la noche, un pequeño hurón desapareció tras unos matorrales con algo brillante en sus bigotes. Quizá fuera una llave.

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