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3 oct 2011

y pasaron los días...

Uno y otro, y otro día más pasó Luanne al lado del hombre sin vista. Se llamaba Joué, o algo así le pareció entender a Luanne. El viejo le dio de comer y le ofreció su hospitalidad, a cambio, Luanne se esforzaba por entener su lengua y tratar de explicarle su historia, pero nunca lo conseguía porque no recordaba muchas cosas. Algunos días ayudaba a Joué con sus labores, dado que por su edad, algunas le costaban más trabajo. Sin embargo le costaba, es como si no fuera ella misma. Se preguntaba amenudo cómo había llegado hasta aquella pradera cerca de ese extraño e inmenso lago que parecía carecer de orilla. Varias veces había vuelto allí, a aquel lugar en el que apareció medio desnuda y muerta de frío, pero no sacaba ninguna conclusión. Al pequeño animalillo que le acompañaba a todas partesle había puesto Pop como nombre, porque le hacía gracia como comía los granos de trigo tostados con sus patitas muy juntas.
No sabía cuanto tiempo había estado en la cabaña de aquel hombre pero un buen día, oyó una conversación entre Joué y su señora, la dueña, suponía Luanne, de la despensa en la que se había colado la primera vez, en la que hablaban de un joven que había llegado al castillo de una, al parecer, bien colocada familia y que nadie sabía de dónde era. no estaba muy segura de haber comprendido bien, pero oyó las palabras "joven" y "castillo", que sí había aprendido, y por el tono interrogante de ambos, dedujo que el tema le interesaba, y aquella noche decidió encontrar a ese joven.

28 ago 2011

Seguro

Se despertó entre un edredón caliente, que parecía de plumas. Era una habitación elegante. Las cortinas estaban cerradas, pero un haz de luz dejaba ver que el cuarto era grande y lujoso. Se sentó sobre el mullido colchón y bostezó. Se sintió como si hubiera dormido durante días y sonrió. Sin embargo, el estómago le dio a entender con un gemido que comer lo que se dice comer, no había comido mucho así que se puso en pie y caminó como pudo. Las piernas aún le flaqueaban y tenía que apoyarse en la cama, pero al fín llegó a la puerta. Justo cuando puso la mano en el picaporte, se abrió de golpe y le tiró al suelo. No fue un golpe fuerte pero bastó para dejarle lo suficientemente sorprendido como para no levantarse inmediatamente. Una joven le ayudó a incorporarse después de dejar la bandeja que había traído encima de la mesa.
- ¿Está bien?- preguntó tímidamente.
El joven la miró perplejo al oírla hablar, pero no pudo decir nada porque no la había entendido.
- Le he traído algo de comer. Ha dormido durante una semana entera, señor.
Siguió mirándola. Le parecía una chica muy dulce y se dejó hacer mientras ella le llevaba de nuevo hacia la cama.
- Espero que halla descansado- dijo antes de irse, he hizo ademán de marcharse, sin embargo el joven la retuvo y amablemente la invitó a sentarse a su lado con un gesto. No quería volver a encontrarse  solo.

24 ago 2011

Su nombre

Incorporó al hombre como pudo. Él no se resistió y se puso en pie. Le palpó la cara suavemente y sonrió. La joven no sintió miedo ni repulsión como habría sentido tiempo atrás y se dejó sin moverse.
 -¿Qué haces aquí, jovencita?- le preguntó amablemente.
No supo qué contestar ni tampoco cómo hacerlo, además, no estaba segura del todo de lo que le había preguntado así que no dijo nada.
-¿Cuál es tu nombre?- volvió a preguntar el viejo.
La intentaba buscar con una mirada de la que carecía y no paraba de sonreir. Parecía un hombre amable. Lo único que pudo hacer es seguir mirándole sin comprender pero esta vez prefirió saludarle en el idioma que ella hablaba.
-Entiendo- dijo el hombre- no hablas mi lengua, ¿verdad? Ven, ¿quieres comer?- hiz un gesto con las manos mientras palpaba a su alrededor hasta dar con una manzana y ofrecérsela.
La joven la cogió despacio y se la llevó a la boca. al oir el mordisco el hombre volvió a sonreirvolvió a decirle algo mientras la llevaba de la mano fuera de la estancia. Esta vez ella se asustó y se soltó. El hombre le dijo algo en tono más amable y entonces ella se miro de arriba a abajo y se vio sin ropa, sucia y desgarbada, y pensó que ir con aquel buen hombre quizá sería mejor que seguir arrastrándose para conseguir comida de modo que le siguió. Pero pronto se paró y le miró a esos ojos que carecían de luz y creyó que lo mejor era presentarse de una vez.
-Luanne.-dijo solamente, su nombre era más que suficiente.






23 ago 2011

La niña

Una niña estaba a unos pocos metros más allá. Tenía un peluche extraño, quizá parecido a un oso, que colgaba con la cabeza gacha mientras la pequeña lo agarraba en su manita. Llevaba un vestido blanco que se le abombaba cuando el viento se colaba entre los pliegues. Un aire fresco le alborotaba el pelo negro y largo y le tapaba de vez en cuando unos ojos grandes y oscuros que le miraban sorprendidos.
Se dio cuenta una vez más, de que estaba sin ropa y al verse observado se tapó como pudo con sus brazos. La niña rio con esa risa tan característica de los niños pequeños y echó a correr descalza hacia la costa. Él quiso llamarla, no podía quedarse allí, estaba demasiado cansado, necesitaba comer, pero no tuvo fuerzas para decirle que aguardara y solo pudo ver como se alejaba.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, la peuqeña apareció de nuevo caminando por la arena. Solo pudo ver que otra silueta la acompañaba de la mano y que echaba a correr hacia él cuando se percataba de que estaba ahí. Después perdió el sentido.




21 ago 2011

En la arena

Cuando abrió los ojos se encontró solo por primera vez en mucho tiempo. Notó como le picaba la arena en la mejilla. No era muy agradable pero no tuvo fuerzas para levantar la cabeza. Una ola llegó hasta su rostro y le hizo toser débilmente. Se arrastró un poco más hacia la costa. Estaba cansado. Notó como los ojos le picaban a causa de la sal marina y de que estaba prácticamente desnudo. Echó un vistazo alrededor. Realmente la playa estaba desierta y el cielo nublado. No sabía que hora era, pero debía ser por la mañana, el alba, o quizá el atardecer. No tenía ni idea porque las nubes no le permitían ver la posición del sol. Lentamente levantó la cabeza y se irgió poco a poco. Cuando logró ponerse en pie notó que se mareaba y estuvo a punto de caerse al suelo. Le temblaban las piernas. Por primera vez desde hacía mucho sintió miedo. Miedo de encontrarse solo. Y eso nunca lo hubiera pensado. Volvió a sentarse en la arena. Se miró las manos, arrugadas por el agua del mar, y las piernas, blanquecinas por la sal. Y lloró. Lloró amargamente por él mismo, por la impotencia, por el miedo y por la incertidumbre de no saber dónde hallarse ni qué hacer. Cuando los sollozos remitieron volvió a mirar alrededor y esta vez no se encontraba solo.

20 jul 2011

Oscuridad

La cerradura chasqueó y provocó más ruido del que ella hubiera deseado. las baldosas estaban frías y la estancia completamente oscura. Cuando abrió la puerta y la luz de la luna penetró en la habitación, vislumbró algunos botes de conservas, unas longanizas colgadas del techo y varias hortalizas. Entró cautelosa y rebuscó un poco más entre las estanterías, palpando cada cosa.
Encontró una botella de leche y la abrió con la fuerzxa que caracteriza a una sedienta al encontrar un poco de líquido. Le dio al animalillo un poco y luego cogió un trozo de pan duro que había por el suelo. Estaba de espaldas a la puerta y comía enfebrecida el mendrugo cuando oyó un ruido y se volvió rápidamente y con los ojos brillantes hacia la puerta. Allí, en el umbral, la silueta de un hombre que parecía mirarla ocupaba todo el espacio por donde habúia dejado de entrar la luz. Los recuerdos acudieron a su mente como un torbellino inacabable. No gritó, pero el miedo le invadió por dentro como aquella vez. Se levantó despacio y se preparó para huir. Aunque no sabía cómo iba a hacerlo con aquel hombre en la puerta. Ni siquiera sabía si éste sabía que ella estaba allí. Nadie dijo nada por unos instantes.
-¡¿Quién anda ahí?!- tronó finalmente el hombre.
No podía no haberla visto, había poca luz pero no tanto. Se escondió pues con la esperanza de que continuara sin verla detrás de una estantería. El hombre entró en la habitación y el corazón de ella empezó a latir fuertemente. No aguantaba más aquella tensión. Se preguntó cuánta fuerza necesitaría para derribarle. Contaba además con el factor sorpresa, de manera que se puso en cuclillas y salió corriendo de su escondite. Empujó al hombre con tanta fuerza que éste cayó al suelo. Cuando fue a salir por la puerta, la joven se volvió y descubrió en el rostro de aquel hombre los rasgos de alguien que había perdido la vista hace ya tiempo y no pudo evitar detenerse.

6 abr 2011

Los golpes en la puerta...

Los golpes en la puerta eran prácticamente inaudibles. La señora Lumier se irguió sobre el lecho y encendió la lamparita de la mesilla. Sus cabellos, canos y encrespados, revolotearon alrededor de su cabeza mientras se enfundaba las zapatillas de casa.  
-¿Qué es lo que pasa?- preguntó el señor Lumier con voz ronca desde la cama.  
-Llaman- contestó ella solamente
Bajó las escaleras que protestaron con su peso y se acercó a la puerta.
-¿Quién es?- dijo cautelosa.
No hubo respuesta. La oscura puerta de roble no tenía mirilla. Tenía dos opciones: abrir, o no hacerlo, y la curiosidad pudo con ella. Abrió lentamente.
La recibió un soplo de aire de verano. La noche, con pocas estrellas, mostraba un paisaje tenebroso, iluminado tan solo por la luna llena. Sin embargo, el umbral de la puerta estaba desierto. Abrió completamente la puerta y el aire cálido le revolvió el despeinado cabello. Se asomó, pero tampoco había nadie en el porche, así que extrañada, cerró la puerta, apagó las luces y regresó a la cama acostándose intranquila.
Fuera, de entre la oscuridad de la noche, un pequeño hurón desapareció tras unos matorrales con algo brillante en sus bigotes. Quizá fuera una llave.