Se despertó entre un edredón caliente, que parecía de plumas. Era una habitación elegante. Las cortinas estaban cerradas, pero un haz de luz dejaba ver que el cuarto era grande y lujoso. Se sentó sobre el mullido colchón y bostezó. Se sintió como si hubiera dormido durante días y sonrió. Sin embargo, el estómago le dio a entender con un gemido que comer lo que se dice comer, no había comido mucho así que se puso en pie y caminó como pudo. Las piernas aún le flaqueaban y tenía que apoyarse en la cama, pero al fín llegó a la puerta. Justo cuando puso la mano en el picaporte, se abrió de golpe y le tiró al suelo. No fue un golpe fuerte pero bastó para dejarle lo suficientemente sorprendido como para no levantarse inmediatamente. Una joven le ayudó a incorporarse después de dejar la bandeja que había traído encima de la mesa.
- ¿Está bien?- preguntó tímidamente.
El joven la miró perplejo al oírla hablar, pero no pudo decir nada porque no la había entendido.
- Le he traído algo de comer. Ha dormido durante una semana entera, señor.
Siguió mirándola. Le parecía una chica muy dulce y se dejó hacer mientras ella le llevaba de nuevo hacia la cama.
- Espero que halla descansado- dijo antes de irse, he hizo ademán de marcharse, sin embargo el joven la retuvo y amablemente la invitó a sentarse a su lado con un gesto. No quería volver a encontrarse solo.
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28 ago 2011
24 ago 2011
Su nombre
Incorporó al hombre como pudo. Él no se resistió y se puso en pie. Le palpó la cara suavemente y sonrió. La joven no sintió miedo ni repulsión como habría sentido tiempo atrás y se dejó sin moverse.
-¿Qué haces aquí, jovencita?- le preguntó amablemente.
No supo qué contestar ni tampoco cómo hacerlo, además, no estaba segura del todo de lo que le había preguntado así que no dijo nada.
-¿Cuál es tu nombre?- volvió a preguntar el viejo.
La intentaba buscar con una mirada de la que carecía y no paraba de sonreir. Parecía un hombre amable. Lo único que pudo hacer es seguir mirándole sin comprender pero esta vez prefirió saludarle en el idioma que ella hablaba.
-Entiendo- dijo el hombre- no hablas mi lengua, ¿verdad? Ven, ¿quieres comer?- hiz un gesto con las manos mientras palpaba a su alrededor hasta dar con una manzana y ofrecérsela.
La joven la cogió despacio y se la llevó a la boca. al oir el mordisco el hombre volvió a sonreirvolvió a decirle algo mientras la llevaba de la mano fuera de la estancia. Esta vez ella se asustó y se soltó. El hombre le dijo algo en tono más amable y entonces ella se miro de arriba a abajo y se vio sin ropa, sucia y desgarbada, y pensó que ir con aquel buen hombre quizá sería mejor que seguir arrastrándose para conseguir comida de modo que le siguió. Pero pronto se paró y le miró a esos ojos que carecían de luz y creyó que lo mejor era presentarse de una vez.
-Luanne.-dijo solamente, su nombre era más que suficiente.
-¿Qué haces aquí, jovencita?- le preguntó amablemente.
No supo qué contestar ni tampoco cómo hacerlo, además, no estaba segura del todo de lo que le había preguntado así que no dijo nada.
-¿Cuál es tu nombre?- volvió a preguntar el viejo.
La intentaba buscar con una mirada de la que carecía y no paraba de sonreir. Parecía un hombre amable. Lo único que pudo hacer es seguir mirándole sin comprender pero esta vez prefirió saludarle en el idioma que ella hablaba.
-Entiendo- dijo el hombre- no hablas mi lengua, ¿verdad? Ven, ¿quieres comer?- hiz un gesto con las manos mientras palpaba a su alrededor hasta dar con una manzana y ofrecérsela.
La joven la cogió despacio y se la llevó a la boca. al oir el mordisco el hombre volvió a sonreirvolvió a decirle algo mientras la llevaba de la mano fuera de la estancia. Esta vez ella se asustó y se soltó. El hombre le dijo algo en tono más amable y entonces ella se miro de arriba a abajo y se vio sin ropa, sucia y desgarbada, y pensó que ir con aquel buen hombre quizá sería mejor que seguir arrastrándose para conseguir comida de modo que le siguió. Pero pronto se paró y le miró a esos ojos que carecían de luz y creyó que lo mejor era presentarse de una vez.
-Luanne.-dijo solamente, su nombre era más que suficiente.
23 ago 2011
La niña
Una niña estaba a unos pocos metros más allá. Tenía un peluche extraño, quizá parecido a un oso, que colgaba con la cabeza gacha mientras la pequeña lo agarraba en su manita. Llevaba un vestido blanco que se le abombaba cuando el viento se colaba entre los pliegues. Un aire fresco le alborotaba el pelo negro y largo y le tapaba de vez en cuando unos ojos grandes y oscuros que le miraban sorprendidos.
Se dio cuenta una vez más, de que estaba sin ropa y al verse observado se tapó como pudo con sus brazos. La niña rio con esa risa tan característica de los niños pequeños y echó a correr descalza hacia la costa. Él quiso llamarla, no podía quedarse allí, estaba demasiado cansado, necesitaba comer, pero no tuvo fuerzas para decirle que aguardara y solo pudo ver como se alejaba.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, la peuqeña apareció de nuevo caminando por la arena. Solo pudo ver que otra silueta la acompañaba de la mano y que echaba a correr hacia él cuando se percataba de que estaba ahí. Después perdió el sentido.
Se dio cuenta una vez más, de que estaba sin ropa y al verse observado se tapó como pudo con sus brazos. La niña rio con esa risa tan característica de los niños pequeños y echó a correr descalza hacia la costa. Él quiso llamarla, no podía quedarse allí, estaba demasiado cansado, necesitaba comer, pero no tuvo fuerzas para decirle que aguardara y solo pudo ver como se alejaba.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, la peuqeña apareció de nuevo caminando por la arena. Solo pudo ver que otra silueta la acompañaba de la mano y que echaba a correr hacia él cuando se percataba de que estaba ahí. Después perdió el sentido.
21 ago 2011
En la arena
Cuando abrió los ojos se encontró solo por primera vez en mucho tiempo. Notó como le picaba la arena en la mejilla. No era muy agradable pero no tuvo fuerzas para levantar la cabeza. Una ola llegó hasta su rostro y le hizo toser débilmente. Se arrastró un poco más hacia la costa. Estaba cansado. Notó como los ojos le picaban a causa de la sal marina y de que estaba prácticamente desnudo. Echó un vistazo alrededor. Realmente la playa estaba desierta y el cielo nublado. No sabía que hora era, pero debía ser por la mañana, el alba, o quizá el atardecer. No tenía ni idea porque las nubes no le permitían ver la posición del sol. Lentamente levantó la cabeza y se irgió poco a poco. Cuando logró ponerse en pie notó que se mareaba y estuvo a punto de caerse al suelo. Le temblaban las piernas. Por primera vez desde hacía mucho sintió miedo. Miedo de encontrarse solo. Y eso nunca lo hubiera pensado. Volvió a sentarse en la arena. Se miró las manos, arrugadas por el agua del mar, y las piernas, blanquecinas por la sal. Y lloró. Lloró amargamente por él mismo, por la impotencia, por el miedo y por la incertidumbre de no saber dónde hallarse ni qué hacer. Cuando los sollozos remitieron volvió a mirar alrededor y esta vez no se encontraba solo.
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