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6 abr 2011

Los golpes en la puerta...

Los golpes en la puerta eran prácticamente inaudibles. La señora Lumier se irguió sobre el lecho y encendió la lamparita de la mesilla. Sus cabellos, canos y encrespados, revolotearon alrededor de su cabeza mientras se enfundaba las zapatillas de casa.  
-¿Qué es lo que pasa?- preguntó el señor Lumier con voz ronca desde la cama.  
-Llaman- contestó ella solamente
Bajó las escaleras que protestaron con su peso y se acercó a la puerta.
-¿Quién es?- dijo cautelosa.
No hubo respuesta. La oscura puerta de roble no tenía mirilla. Tenía dos opciones: abrir, o no hacerlo, y la curiosidad pudo con ella. Abrió lentamente.
La recibió un soplo de aire de verano. La noche, con pocas estrellas, mostraba un paisaje tenebroso, iluminado tan solo por la luna llena. Sin embargo, el umbral de la puerta estaba desierto. Abrió completamente la puerta y el aire cálido le revolvió el despeinado cabello. Se asomó, pero tampoco había nadie en el porche, así que extrañada, cerró la puerta, apagó las luces y regresó a la cama acostándose intranquila.
Fuera, de entre la oscuridad de la noche, un pequeño hurón desapareció tras unos matorrales con algo brillante en sus bigotes. Quizá fuera una llave.

4 abr 2011

La luna brillaba en ese fondo sin fondo...

La luna brillaba en ese fondo sin fondo. Se notó consciente, respiró suavemente el aroma del húmedo bosque. Era de noche, serían las cuatro o las cinco de la madrugada y el rocío le rozaba suavemente las puntas de los dedos de sus pies descalzos.
Con esfuerzo, abrió lentamente los ojos. Y, de golpe, sintió la necesidad de toser fuertemente. Lo hizo, escupiendo el agua que había tragado, y una lágrima resbaló por su mejilla. Ya no se pudo controlar. Estaba sola. Completamente sola, sin nadie a quien poder acudir, sin nadie en el mundo. Sollozó en silencio un largo rato. Después levantó la mirada. Allí estaba el lago. Un lago oscuro que solo reflejaba las sombras de la noche y la tenue claridad de la luna.
Se sacudió las manos de tierra y se levantó poco a poco. Un crujir de hojas la hizo despejarse del todo.
Otro ruidillo logró hacerle volver la cabeza, para descubrir un bulto peludo entre unos matorrales. Se agachó cautelosa y lo rozó con los dedos. Unos ojillos la miraron desde la oscuridad, con una mezcla de miedo y curiosidad. Se observaron durante un tiempo. Después, el pequeño animalillo se arrimó más a ella buscando el calor. Arropándole entre lo que le quedaba de ropa, la joven lo cogió con cuidado y se levantó más decidida. Ahora estaba acompañada. Acompañada por alguien igual o más desvalido que ella y solo por no dejar solo a aquel indefenso ser, merecía la pena seguir adelante. Había despertado.

1 abr 2011

"¿Por qué sonríes?" "Porque puedo"

Las sonrisas son esas pequeñas cosas que se contagian con facilidad.

 Son como los bostezos...


Y es que a veces, necesitamos la sonrisa de alguien para sonreir :)